lunes, junio 4

Capítulo 3.

-No le puedo aguantar más, un día de estos le mato, lo juro.
-Venga Gli, calma, tenemos que averiguar que le ocurre.
Estábamos en mi casa tomando un chocolate caliente después de llevar dos horas patinando bajo la lluvia. Todos menos Arrow. Hacía una semana y media que no iba a patinar y no quedaba con nosotros. Solo le veíamos a veces en el instituto, pero siempre nos despistaba y desaparecía. Wheels intentaba calmarme, no aguantaba que Arrow, precisamente él, no me hablase y me evitase. Y eso, sumado al estrés de los exámenes finales, hacían de mi una mezcla explosiva.
-Es que no entiendo que narices le puede estar pasando, para ni siquiera querer vernos. Si de verdad somos sus amigos debería contárnoslo, ¿no creéis?
-¿Cómo que si de verdad somos sus amigos? Por favor, eso ni lo dudes. -Contestó Mock muy serio.
La situación en si era divertida. Todos rendidos, tirados por el suelo, la cama o las sillas de mi habitación, con poca ropa, ya que se estaba secando, algunas mantas e intentando que no se nos cayese el chocolate mientras gritábamos alterados. 
-¿A qué hora os vais a ir? -pregunté.
-¿Nos estás echando? -dijo Riddle, sin pretender ser gracioso, pero hizo que todos riésemos. 
-No, cuando os vayáis voy a ir a su casa. Ahí no puede huir de mi.
-¿Y si no está?
-¿Dónde va a estar? En el skate park no, llevamos ahí toda la tarde. Y el no suele ir a ningún otro sitio solo. A menos que esté con alguien...de todos modos, pienso averiguarlo.
-Intentaría detenerte, pero eres demasiado cabezona. Bueno chicos, ¿nos vamos? -sugirió Mild. Todos comenzaron a vestirse.
-Yo debería estar haciendo un trabajo. Adiós señorita, hasta mañana. -Wheels se despidió haciendo una reverencia, me cogió la mano y le plantó un beso. Yo solté una risa tonta.
-Un placer hacer negocios con usted. -Mocking le arrancó mi mano de entre las suyas a Wheels y la agitó efusivamente. 
-Yo podría haber tenido unos amigos normales. Pero no, me tocaron estos. -todos comenzaron a reír.
-Hasta mañana pequeña. -Dijo Riddle con una sonrisa en la boca todavía. Y acto seguido todos salieron de mi habitación pronunciando una avalancha de adioses. 
Esperé a oír que la puerta de la calle se cerraba y los vi marchándose desde mi ventana. Cogí una sudadera, me puse las zapatillas y salí por la ventana. Pisaba exactamente en los sitios que hacía más de dos semana que no pisaba Arrow. Me sentía vacía. Claro que los necesitaba a todos y cada uno y me faltase el que me faltase no estaría completa. Pero con Arrow la cosa iba más allá. Tenía una relación especial conmigo. Podría decirse que era mi mejor amigo, aunque no me entusiasmasen esas palabras, pero mejor amigo se quedaba corto para él. Hermano. Hermano también se quedaba corto. Los demás correspondían más a aquella definición. Me protegían, me aguantaban, bromeaban conmigo... Pero ninguno se escapaba todos los fines de semana y se colaba en mi cuarto. Ninguno me había soportado noche tras noche un verano entero mojando con lágrimas sus hombros por un chaval. Ninguno me había dejado verle desnudo y ninguno me había visto desnuda. Ninguno excepto Arrow. Lo nuestro iba más allá. Llegaba a unos niveles de confianza, compañerismo y entendimiento que nadie había tenido nunca conmigo. Y eso era lo que yo añoraba.
Con el mayor silencio que me permitían mis zapatillas aplastando el agua de los charcos recién formados llegué a su casa. Hacía esquina y justo enfrente de la ventana de Ar había una farola que casi nunca lucía, perfecta para subir apoyándose en ella y en la pared. En menos de un minuto estaba arriba tamborileando con mis dedos en el cristal lleno de gotitas de agua. La ventana se abrió y antes de mirar nada o a nadie pasé, me quité las zapatillas y me senté en la cama. 
-Me lo vas a contar. Ahora mismo o dentro de tres horas. Pero no saldré de esta habitación sin una explicación.
-Glim, lo siento... -Fue lo único que escuché antes de que su cabeza se hundiese en mi hombro. Lo noté humedecerse en seguida. Estaba llorando. Arrow, el más maduro de todos, aunque de los más jóvenes, el que siempre nos decía que no merecía la pena llorar por nada, el que siempre tenía una sonrisa para nuestras lágrimas, el que nos había visto llorar a todos, pero a él no le había visto nadie. Ese Arrow, mi Arrow estaba llorando. Si no fuese por que la camiseta cada vez se me pegaba más al hombro de lo mojada que estaba no me lo hubiese creído. Y en ese momento solo un pensamiento rondaba por mi cerebro: ¿Qué cosa tan fuerte habría hecho romperse a esos ojos inquebrantables?
Lo abracé con toda la fuerza que me permitieron mis brazos. Lo sentía como algo a lo que tenía que proteger. Me sentía culpable la verdad. No sabía cual era el motivo de aquel llanto, pero yo le había hecho derrumbarse en ese momento. Me entraron ganas de llorar a mi también, pero me contuve. 
-Ar, mírame. Deja de llorar y dime que te pasa. -No se movía. Seguía en la misma posición y no parecía por la labor de hablar. Me pregunté que habría hecho mal yo.
-Por favor... - Pensé que me iba a derrumbar yo también y la voz se me quebró en la última sílaba. Eso fue lo que le hizo reaccionar; se secó corriendo los ojos en mi camiseta y me miró directamente a los míos. 
-Ayúdame. Por favor. Te necesito más que nunca.
-Sabes que siempre estoy aquí, pero si no me llamas ni contestas a mis mensajes, no sales y me esquivas por los pasillos, ¿cómo esperas que te ayude? -perdí un poco el control, los nervios y la rabia me dominaron.
-Lo siento...es solo que no podía aceptarlo. Pensé que no era verdad. Y que sí nadie lo sabía sería menos verdad todavía.
-¿De que hablas Ar? No me asustes, por favor... -sus ojos se clavaron en los míos. Estaban de un verde grisáceo que nunca había visto. Estaban como...rotos. Se que no es la mejor definición y probablemente no os enteréis de como estaban realmente. Pero era la palabra que me inspiraban.
-Tengo un problema. En el corazón. Probablemente no pueda volver a patinar nunca y tendré que estar menos tiempo contigo y con los chicos.
Dicen que los ojos son el espejo del alma. Y efectivamente, los ojos de Arrow estaban rotos, porque reflejaban perfectamente a su alma, partida por la mitad. Un capricho del destino le estaba arrancando de sus brazos a tirones las dos cosas que más quería y deseaba en el mundo: su tabla y sus amigos.
-¿Pero como...? -no me dejó acabar la pregunta, aunque tampoco sabía muy bien como hacerlo.
-Os necesito Glim...- Se apoyó en mi hombro, rebotó y cayó inconsciente sobre la cama.

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